El territorio de la ventana
- Priscila Naranjo
- 29 jun 2025
- 1 min de lectura
"Antes de los mapas, existía el territorio de la ventana. Tenía doce años y el mundo se dividía en dos: los que eran elegidos, y los que, como yo, nos habíamos vuelto expertos en el arte de observar.
Mi universo tenía un centro gravitacional: mi vecino. Era la definición de un amor platónico, uno de esos que se construyen en silencio, con la banda sonora de los sueños y la escenografía de mi propia imaginación. En ese mundo interior, él era mi novio, y la cadencia de nuestros días era perfecta.
A veces, la realidad parecía querer darme la razón. Sentía su mirada, un chispazo fugaz, y por una temporada entera respiraba la esperanza de que, quizás, yo también existía para él. Pero la realidad siempre tenía otros planes. Siempre había chicas más guapas, más audaces, más… visibles. Y él, fiel a un guion que yo no había escrito, fue el novio de todas ellas. De todas, menos de mí.
Veía a mi prima con su novio, sus manos entrelazadas, y me preguntaba por el enigma de mi propia soledad. La conclusión a la que llegaba una y otra vez, con la cruel lógica de la preadolescencia, era simple: yo no era una muchacha muy simpática. No era del tipo que se elige.
Hoy entiendo que ese anhelo no era una falla. Ese deseo silencioso, esa curiosidad por un afecto que parecía inalcanzable, no era un prólogo sobre no ser suficiente. Era el prólogo sobre el sentir. Fue la primera vez que la 'corriente subterránea' se manifestó, no como una ola, sino como un temblor casi imperceptible. Fue el verdadero punto de partida."

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